miércoles, 13 de enero de 2010

Sobre los mil y un inventores de la fotografía y el terror a compartir las ideas

Me resultó, como poco, interesante y por qué no, cachondo, que en historia de la fotografía encontrara uno de mis mejores argumentos en contra de esos virus con gesto serio y lenguaje pedante que andan por la facultad entre el sigilo y la pavonería. Entre el sigilo de que nadie les robe las comúnmente llamadas “ideas”, y la pavonería de gozar de la única cantera fiable de que abastecerse, como no, autónoma e independiente.

Como si de los grandes inventores de las palabras se pensaran, caminan delimitando su campo de competencia, y desconocedores de toda la historia que les precede, se coronan presas de su propio discurso, herméticamente cerrado gobernando su reino sin pudor a expulsar a los enemigos; esto es, cualquier persona que ose inmiscuirse en el tema que han elegido.

Como fenómeno particular se pueden considerar individuos graciosos, sin más preocupación. Pero no se tiene encuentra el enorme mal que están propagando por la facultad, pues influyen en las libertades de los demás. La céebre frase “eso ya lo hice yo…” resulta un dique realmente estúpido y limitador para el receptor, merma su interés hacia la investigación, la curiosidad y el toqueteo fundamental de cualquier estudiante de bellas artes.

La destrucción ha de se inminente.

Por ello, quiero reivindicar el fenómeno de los Mil y un inventores de la Fotografía. Lo que nos enseña es a entender que todxs formamos parte de una cultura general, un entorno social que condiciona nuestro lenguaje y orienta nuestros temas de interés.

¿No resulta curioso que todos a una, muchos investigadores y científicos de diferentes países ricos se toparan con la fotografía? Ninguna persona está al margen del clima social, las curiosidades y por supuesto, los momentos socio-históricos que le envuelven y le construyen. ¡Seamos conscientes de él y seremos más libres!

Aunque dentro del mundo del arte aún vivimos en la fábula de la mal llamada “originalidad”, que predica la existencia de algo “superior a nosotros”, sacar “lo que llevas dentro” y toda esa mierda (promulgada en gran medida por el profesorado) es indispensable una acción directa y una reivindicación de lo común, de el encuentro más que de esta política de privatizar las ideas, que nos empobrece como artistas y hace mucho más aburrida esta carrera que debería ser una selva, en vez de un zoo[1] .



[1] Idea sustraída deliberadamente (como tiene que ser) del cerebro de mi querida amiga Berta Escobar, gran pensadora y saltadora de verjas de zoos y demás cárceles.


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