
La Rabia se dividió en seis actos y duró dieciséis minutos. En ella, recité cuatro poemas, dos escogidos de los poemas futuristas de la época y dos compuestos por mi, además de un fragmento de la Ursonata de Kurt Switters.
Durante los primeros minutos de la performance, mientras recitaba y con las luces apagadas, se proyectaban imágenes muy rápidas dónde se podías ver y relacionar guerra, violencia, sexo y representaciones fálicas-futuristas y no futuristas-, a su vez con música electrónica que reforzaba el carácter dinámico y agresivo de el ambiente. Apenas se me ve.
Después se encienden las luces y balbuceo. Tengo miedo y la boca tapada. Estoy de rodillas en el suelo. Accedo al imperativo masculino, y recito la segunda poesía. No me atrevo a mirar al público. El ritmo cambia completamente. Estoy siendo agredida, y respondo recogiéndome con vergüenza.
Se proyecta una imagen bélico-fálica. Y grito mi siguiente poesía. Grito con dolor, retorcida, sintiendo el dolor del pasado, en mi abdomen. Puede que se pretenda vestir a la mujer con los atributos masculinos (como pretendían los futuristas), pero a mi nadie me quita el dolor de ovarios. A la vez, suena el saxofón de Manu, que hace ruidos, y ayuda a crear un ambiente de agobio y de desconcierto.
Caigo desfallecida, cuando se apagan las luchas y aparece “el feminismo” de la voz de Celia Amorós (defensora de un feminismo institucional, de la igualdad). Desde luego no me levanta, pero me da herramientas. Mis sollozos ya pueden existir, alguien les ha puesto nombre. Y me empodero.
Me miro. Soy consciente de mi atadura y me libero. Pero no soy tan estúpida como para pensar que puedo desprenderme de mis cadenas tan fácilmente. Soy libre en el momento en el que elijo cómo las quiero, dónde y cuando. Utilizo la media que me tapaba la boca para identificarme, aunque sólo sea por mis heridas, sé quien soy. Y sé que estoy oprimida. Ésa es mi bandera.
Me levanto y miro al público. Ya no necesito la ropa, no tengo miedo. Me toco y sé que me están mirando. No me avergüenza reconocerme en mi cuerpo. He cambiado.
Tomo el micrófono, y escojo mi lugar dentro del espacio. Me abro completamente, pues ya no tengo miedo a que me hieran. Ahora soy yo el instrumento cortante, y recito la Ursonate. Utilizo mi sexo, de por siglos invisibilizado, para agredir. Si, agredir.
Mientras, se están proyectando imágenes de mi propio cuerpo. Ya no soy objeto pasivo de las miradas externas, ya no soy objeto de deseo de nadie. Me nutro de las miradas, no me oprimen. Pero yo devuelvo la mirada, y no sólo ahí está el cambio; también miro las imágenes de mi cuerpo, y me excito. Soy mi propio objeto de deseo, a la vez.
obra de La Rabia està subjecta a una llicència de Reconeixement-Compartir Igual 3.0 Espanya de Creative Commons
.jpg)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada