En esta misma línea va enfocado el vídeo “Sin título 1 (que nadie te
oprima el aliento)”, donde aparezco con el pecho cubierto con una apretada
cinta de carrocero (fantástico material por cierto). Las primeras imágenes
desprenden una atmósfera agobiante, producida por los intentos de respiración profunda que parecen querer romper la cinta, pero es imposible.
Aproximadamente al minuto, aparece la reacción: sonidos mecánicos de armas a modo repetitivo funcionan como “banda sonora” del proceso de “liberación”, produciéndose este a mayor velocidad y con una condición explicita de violencia y agresividad.
El vídeo parece querer hablar de liberación, efectivamente, pero creo que queda bastante clara la situación de violencia y, al fin y al cabo, de dolor con el que tal proceso se lleva a cabo. Al menos, esa es mi experiencia.
Y de liberación, hablo en todos los sentidos:
En esta época me gustaba vendarme el pecho, y a veces usaba barba. Con faldas y mi ropa habitual, está claro, pero me apetecía introducir en mi vida de manera más visible y consciente ese elemento performativo que hablaba Judith Butler a propósito de las construcciones de género.
Me preocupaba, como siempre, estar saliendo de la sartén para caer en las brasas. Esto es, liberarme de mi condición de mujer (mujer a partir de determinado código estético/médico/visual), para después encarcelarme en una suerte de género indefinido, con sus también características visuales. Hablando en plata, quemar el sujetador para vendarme el pecho.
Me parece que si algo debemos aprender del Queer y de los estudios de género es lo que ya la posmodernidad nos enseñó antes: dejar de ser para empezar a estar. No se puede ser Queer, como tampoco se puede ser mujer, o ser abogado o un capullo. Olvidémonos de los esencialismos y aprendamos a estar cómo y dónde queremos.
oprima el aliento)”, donde aparezco con el pecho cubierto con una apretada
cinta de carrocero (fantástico material por cierto). Las primeras imágenes
desprenden una atmósfera agobiante, producida por los intentos de respiración profunda que parecen querer romper la cinta, pero es imposible.
Aproximadamente al minuto, aparece la reacción: sonidos mecánicos de armas a modo repetitivo funcionan como “banda sonora” del proceso de “liberación”, produciéndose este a mayor velocidad y con una condición explicita de violencia y agresividad.
El vídeo parece querer hablar de liberación, efectivamente, pero creo que queda bastante clara la situación de violencia y, al fin y al cabo, de dolor con el que tal proceso se lleva a cabo. Al menos, esa es mi experiencia.
Y de liberación, hablo en todos los sentidos:
En esta época me gustaba vendarme el pecho, y a veces usaba barba. Con faldas y mi ropa habitual, está claro, pero me apetecía introducir en mi vida de manera más visible y consciente ese elemento performativo que hablaba Judith Butler a propósito de las construcciones de género.
Me preocupaba, como siempre, estar saliendo de la sartén para caer en las brasas. Esto es, liberarme de mi condición de mujer (mujer a partir de determinado código estético/médico/visual), para después encarcelarme en una suerte de género indefinido, con sus también características visuales. Hablando en plata, quemar el sujetador para vendarme el pecho.
Me parece que si algo debemos aprender del Queer y de los estudios de género es lo que ya la posmodernidad nos enseñó antes: dejar de ser para empezar a estar. No se puede ser Queer, como tampoco se puede ser mujer, o ser abogado o un capullo. Olvidémonos de los esencialismos y aprendamos a estar cómo y dónde queremos.
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